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Episodio 3

Episodio 3

7 de Junio de 1.347

 

La noche parecia interminable. Las inundaciones se estaban cebando como núnca antes en Barcelona donde se podian encontrar cadáveres por todas partes.

 

Algunos rayos habian impactado en casas, en animales, en personas... El bosque cercano estaba en llamas y, a pesar del aguacero que caía, no lograba apagarse. El miedo era ya común en todos los supervivientes y era la hora de llorar a los muertos, de poner remedio si lo tenían las casas semi destruidas, de las escasas cosechas, de los animales muertos.

 

Hernán, uno de los curanderos mas conocidos del pueblo habia salvado su vida al encontrar una casa con cimientos fuertes. Aquella casa estaba situada a las afueras, así que muy pocos lograron llegar con éxito para salvoguardarse en ella. Un rato antes, Hernán habia vísto como un muchacho negro arrastraba un carro con dos personas dentro visiblemente heridas a las que él mísmo conocía, eran Mateo Guzmán y su hijo Fernando. No dudó en salir a ayudarles para cobijarse, pues Hernán Limoges era amigo de Mateo desde hacia décadas.

 

Cuando ya estaban los cuatro hombres dentro vieron que una señora gruesa se arrastraba por el lodo, luchando por seguir huyendo del diluvio que caía. Era Fafila, una colchonera del pueblo de la que se sabía que habia sido toda su vida una prostituta.

 

Ben Alí y Hernán salieron a ayudarla y la introdujeron en casa para poco despues sacudirse de lodo.

Una vez asentados, Fernando vió como su padre dormía mientras tiritaba.

 

-Dígame Hernán, sea sincero, ¿mi padre se pondrá bien?

-decía entre lágrimas Fernando mientras veía por el rabillo del ojo que seguía tiritando.

-Sinceramente no lo sé, tiene muchos huesos rotos, no le responden las piernas...

-¿Se quedará sin andar, es eso lo que quiere decirme?

-Es un hecho, eso es lo mínimo que puede pasarle. Fernando, reza por tu padre, lo tiene difícil.

-¿Qué rece? ¿Para qué? Dios no nos oye, no hay Dios, no hay nadie.

-¡No digas eso! –decía Fafila empujando a Fernando.

-¡Tranquilidad, os lo ruego, dejad que descanse Mateo, los gritos solo le harán sufrir mas! -, pedia el curandero.

 

Hernán apreciaba a Mateo, y aún mas a Fernando ya que el curandero habia sido quien le sacó del vientre de la esposa de Mateo. Hernán tenia mas de cincuenta años, era de aspecto serio aunque siempre iba con camisas de colores que se fabricaba el mismo con restos de otras ropas. Nació en Limoges, un pueblecito de Francia. Corría el rumor por el pueblo que de infante habia sido amigo del mismísimo rey de Francia Luis X a finales del siglo anterior. Entre otras virtudes, Hernán curaba a menudo enfermedades a los pacientes que visitaba a cambio de algo de dinero. Incluso tuvo hacia poco una oferta de la corte en Aragón para instalarse allí y disfrutar de una vida de mejor pero trungó su suerte una noche de borrachera donde algunos alguaciles descubrieron que estaba difamando contra los reyes. A partir de entonces solo fue un campesino mas, adinerado, eso si, pero nada mas. Su patrimonio estaba por los suelos y desde hacia dias que no se le veía, andaba borracho todo el dia y la noche en su casa y no salia para nada. El mismo Mateo intentó buscarle un trabajo de traginer como él pero cuando lo tenía todo hecho, Hernán rechazó la oferta, no tenia ganas de vivir.

 

Fernando tambien apreciaba a Fafila ya que era la mujer que mas le recordaba a su madre, y sin pensarlo se aferró a ella y se sentaron en una esquina de la fría casa donde acabaron abrazandose fraternarlmente. Ben Alí les miraba de reojo mientras mantenía un trozo de tela empapada de agua sobre la frente de su señor. Ben núnca habia sido abrazado por nadie en toda su vida. Recordaba que en un par de ocasiones pudo ajetrearse y darse placer con una joven blanca, pero ella núnca le llegó a abrazar.

-¿Qué se siente cuando te rodean con unos brazos llenos de cariño?-, se decia asimismo Ben.

 

Pasó un rato cuando de pronto un trozo del tejado comenzó a desplomarse causando terror entre la gente que habia en la casa. Habia vuelto a diluviar, y estar bajo un techo ya tan dañado era un error. Hernán era consciente de aquello y fue el primero en ponerse al lado del lecho donde estaba Mateo, ahora despierto.

 

-¡Vamos, hemos de coger a Mateo! –gritaba Hernán.

-¡No podemos escapar, no podemos escapar! –gritaba poseía la señora Fafila fuera de sí, viendo como caían piedras desde el techo.

-¡Cállese por favor! ¡Fernando, tú y tu amigo debeis abocar las piedras derribadas y ponerlas allí mismo, en el tabique, para que podamos escapar, mientras Fafila me ayudará a levantar a tu padre, rápido que esto no aguantará mucho más!

 

La autoridad de Hernán era incontestable. ¿Quién iba a contradecir a todo un curandero reconocido, un amigo del desaparecido Rey Luis X de Francia?

Y así, Ben y Fernando lograron juntar una pila de piedras para evacuar.

 

Ya una vez fuera de la casa pudieron ver como volvía a diluviar, con mas fuerza que hacia unas horas. La escena era insoportable, una mujer fuera de sí, llorando amargamente, un herido que no podia moverse, y tres hombres calados de agua hasta los huesos mirando hacia ningún sitio, con las miradas perdidas, sin saber que hacer ahora que la casa donde habian estado cobijados se estaba viniendo abajo.

 

De pronto oyeron una voz femenina conocida, era Mansuara, la amiga de Fernando. Les estaba indicando que se dieran prisa, que ella les ayudaría a ponerse a cubierto.

 

Fernando, Ben y Hernán cogieron a Mateo que ahora estaba consciente y con un dolor inmenso y junto a Fafila desfilaron hacia el lugar que indicaba la joven.

-¡Vamos, vamos, entrad en esta casa, aquí abajo hay un escondite, vamos!

-¿Un escondite? –se decian todos mirandose entre sí.

 

Y así fue. Al entrar en la medio derruida casa, la joven Mansuara abrió una compuerta que bajaba a un sótano reforzado por muros de piedra núnca vístos.

 

Hernán, que era el único que sabia algo de historia y no pudo reprimirse y mientras dejaban a Mateo en suelo firme acolchado por un manto de seda.

 

-¡Es increíble! ¿Desde cuando estan estos castros bajo vuestra casa? –decia Hernán mirando a Mansuara.

-¿Castros, que es eso? –decia asombrada María, la hermana de Mansuara.

-Los castros son fortificaciones, algo así como un poblado de los antiguos celtas que llegaron hace muchos siglos a estas tierras. Estamos en un sitio único, esto es impresionante, y vosotras lo teniais aquí escondido sin decirnos nada...

-¿Y que quieres que hiciera? Esto mas que un castro de esos es un seguro de vida, por mucho que se destruya nuestra casa sobre nuestra cabeza jamás caerá sobre nosotros, nos lo decía mi padre–argumentaba Maria.

-Y digo una cosa, ¿qué pasaría si se destruye la casa y quedamos encerrados, donde saldremos? –decia preocupado Fernando mirando como estaba su padre.

-Si seguimos hacia delante encontraremos una puerta de piedra, desde allí podremos salir al jardín de L´estiu–decia Mansuara con rotunda seguridad.

 

Pero nadie dijo nada mas. Eran momentos de silencio, donde consiguieron que Mateo volviera a conciliar el sueño. Fernando tuvo que coger a Ben y explicar que era el nuevo esclavo de su padre y que no le trataran mal. Mansuara le miró de reojo con desprecio al igual que su hermana. La señora Fafila le miró con indiferencia y Hernán le estrechó amablemente la mano.

Pero volvieron de nuevo a quedarse en silencio viendose debilmente los rostros los unos a los otros. Las antorchas que les alumbraban iban perdiendo fuerza y no tardarian en quedarse a oscuras. El sonido de la lluvia parecia amainar pero cuando todos creían que todo acababa volvía a llover con mas intensidad, volvía a empezar. El fuego de las antorchas se estaba consumiendo y la luz de expiraba. El frío hacia mella en aquel sitio y todos tiritaban.

 

Pasaron largas horas de oscuridad y comenzaban ya a entrar algunos rayos de sol de la parte superior del escondite.

Todos, uno a uno fueron despertando.

 

Todos menos uno.

 

-Debió morir de dolor, aunque estaba dormido, Mateo sufría por dentro, estaba totalmente roto, Dios le salve en el cielo... –decia cayendole alguna lágrima a Hernán viendo sin vida a su amigo.

-No... no... padre, ¡padre, despierte! –decia vociferando Fernando a su padre.

-Estamos contigo Fernando, tu padre ha subido al cielo –dijo la señora Fafila.

 

El llanto era agónico. Fernando lamentaba no haber echo nada mas por su padre aunque éste no hubiera superado el no volver a caminar. Ben, por su parte, notó tristeza, incluso le cayó alguna lágrima por primera vez en su vida. No sabía que era aquella gota de agua recorriendo sus mejillas, era extraña la pena que sentia. Pero Mateo era lo mas parecido a un padre para el, aunque hacia poco que le conocía. Por otra parte era su señor, y muy bueno. Pero estaba muerto, no tenia señor y volvía a estar solo. Fernando era un chico joven y no tenia independencia por lo que Ben sabía que no podría adoptarle como esclavo.

Ben no estaba muy puesto al día pero sabia que habian guerras fuera de Barcelona, en Génova, y tambien un conflicto entre Inglaterra y Francia que duraba muchos años.

Pero de repente dejó de pensar cuando vió a Fernando arrodillarse frente al cuerpo sin vida de su padre, besandole la mano, tiritando. Le acariciaba la mano, la cara, y poniendose de nuevo en pie pareció decirle algo al oído que nadie en la sala pudo oir, aunque parecía que Hernán sí lo estaba escuchando por la rección de pena que manifestaba su rostro.

Instantes despues, Hernán ofreció a Fernando una pequeña capa de lino negra que el joven no dudó en ponersela encima de la cara a su padre, era la última vez que vería ese rostro que le dio la vida.

Mansuara, a la que le caían las lágrimas, sacó una pequeña flauta de madera y comenzó a silbar una melodía de despedida.

Pero todos sabian que debian de volver a la realidad. Fernando hizo un ademán de llevarse consigo el cadáver de su padre pero Hernán se lo negó, -no es el momento de enterrarle-, le decía al joven.

María abrió la puerta de salida ya que descartaba hacerlo por la que habian entrado ya que se habia desplomado parte del techo. Poco a poco el grupo salió notando que seguía lloviendo aunque con menor intensidad.

Mientras caminaban por el jardín de L´estiu, Hernán consolaba a Fernando, pero todos sabian que la vida de el joven cambiaría radicalmente ahora que ya no está su padre.

-Fernando, conozco que ha pasado desde que tu padre y Ben fueran apresados... anoche antes de encontrarnos me enteré de todo –le dijo al oído a Fernando cogiendole del brazo para retirarlo del resto del grupo. -Sé que ahora sois prófugos tú y tu amigo, y no dudes que cuando amaine este diluvio sereis buscados de nuevo por las autoridades. Pero no te preocupes, sabes que tengo mano en el Consell de Cent, ya me inventaré alguna historia para que no te culpen de nada, tu padre estaba bien vísto por la ciudad, era respetado.

-Gracias Hernán pero... ¿y que pasará con Ben?

-Sabes que no podemos hacer nada por él.

-No es justo, él es bueno, es mi amigo –decía entrecortado Fernando mirando de reojo a Ben Alí-

-Escuchame Fernando, tu padre debería haberle cambiado el nombre sobornando a algun abogado, hacerle pasar por su anterior esclavo, de esta manera Ben Alí no es nadie en Barcelona, solo un fugitivo acusado de asesinato en un viaje en barco.

-Entonces yo me haré cargo de él, de alguna manera...

-¿Y has pensado donde vivir? ¿Has pensado si podrás seguir trabajando de peletero? He oído que muchos comercios han ido a quiebra en estos últimos meses, entre ellos el comercio de pieles ya que cada vez hay menos comercio de exportación. Amigo mio, si quieres un consejo, deja la peletería y coge el relevo de tu padre como traginar.

-¿Yo, un treginar?-decía ensaltado Fernando.

-Si, aunque sé que es duro y deberás de estar caminando por toda la ciudad con un burro a tu servicio cargado de bienes para gente importante, creo que te irá bien. Contra mas encargos hagas al dia mas te pagan, no lo olvides. Ademas, necesitaremos dinero para mantener a Ben.

Cuando Hernán dijo estas palabras Fernando sabía que es lo que estaba maquinando el curandero. Saliendo ya del jardín de L´estiu, Hernán siguió contando sus planes de futuro. Invitó al joven a vivir con él, aportar un porcentaje de lo que éste ganara en su nuevo trabajo de traginer, reconstruir su casa, Ben Alí haría tareas en casa y aprendería herbolaria. Fafila, si ésta quería, podia quedarse tambien para cocinar y comprar en el mercado, cocer el pan en el horno público... Ésta aceptó con sumo gusto ya que desde hacia tiempo no sabia nada de su esposo ni hijas que la habian abandonado. Mansuara y Maria, animadas por la conversación, pidieron tambien ser acogidas por Hernán pero éste negó con la cabeza siendo realista, según comentaba.

-Escuchad, claro que no quiero dejaros en la calle, tambien os conozco desde hace años y lo que no quiero es eso, pero no hay alternativa, no podremos alimentarnos todos. Mansuara se dedicaba a labores de campo, pero ya no hay nada en el campo, todo está destrozado, ahora mismo no puedes trabajar, la cosa está fea. Y tú, Maria, aunque eres mayor y fuerte, veo dificil conseguirte algun trabajo con tu parálisis en el brazo.

Hace años María tuvo un percance con una mujer adinerada que la acusaba de haber mantenido relaciones con su esposo que, aunque era cierta, ella lo negaba. Una mañana María fue agredida por la mujer que le segó con una guadaña los tendones del brazo derecho produciendole la parálisis, quedando así inutil de por vida. El trabajo de toda su vida, dedicada a cuerpo y alma al atún en alta mar se vió trungada por un ataque de celos que finalmente acabó con la ruptura sentimental de María con su amante, para pasar a ser una vulgar furcia a vísta de los habitantes del pueblo.

Hernán, que sabía lo duro que habia sido, recapacito y cogió del brazo a Mansuara.

-Lo he pensado mejor, creo que podrás encargarte de mi pequeña huerta, podriamos hacerla mas grande y entablar nuevos negocios de compra-venta con gente que aún quiera pagar por nabos, cebollas y legumbres. Tu hermana podria ayudarte. Espero, eso si, que pronto encontreis marido y os caseis, porque no creo que el dinero nos alcance para mucho si vivimos todos juntos.

-¡Gracias, gracias de verdad!-, decia animada Mansuara mientras se abrazaba con su hermana María.

Así pues, el grupo fue a casa de Hernán, grande y bastante bien conservada. En general habia sufrido algunos rasguños y el techo estaba abierto, pero Ben comentó que podría arreglarlo en solo unas horas. El huerto estaba patas arriba, inservible, pero Hernán tenia fé en revivirlo. Mientras Fafila cocinaba un potaje en la chimenea, Fernando subió hacia el techo donde estaba Ben arreglandolo.

-Ben, amigo, parece que todo se va a arreglar. Viviremos aquí aunque... tu no padrás salir durante un tiempo-, decia Fernando mirando al suelo.

-No preocupar, no pasar nada, yo trabajo, mucho trabajo en casa Hernán. ¿Cuándo buscar a... señor, padre?

-¿Te refieres a cuando iremos a buscar el cadaver de mi padre? Pues luego, Hernán y yo iremos y le enterraremos aquí mismo, al lado de la huerta. Construiremos una tumba. Pero antes Hernán quiere ir al Consell de Cent, hablará con un par de abogados amigos suyos para evitar que me encarcelen. En cuanto a mi trabajo, mañana iré a la peleteria y comunicaré mi decisión de marcharme, para luego presentarme a Joan Abat, el señor que se encarga de los traginers de Barcelona, amigo de mi padre.

-Yo dar a vos gracias... gracias...-, decia dandole sus manos callosas en un resplandeciente tono negro a Fernando.

-Hernán te enseñará, aparte de los secretos herbolarios, a hablar correctamente nuestro idioma. Bueno, -dijo cambiando de tema-, nos llaman a comer, vamos Ben.

Fernando tenía la dificil misión de realizar el trabajo de su padre a la perfección y es que traginer era un trabajo de suma responsabilidad. Últimamente a Mateo Gomez, su padre, le otorgaban comandas de dinero, de joyas, de muchos bienes de confianza que eran enviados desde un punto de Barcelona a otro. Ahora le tocaba el turno a él y evitar que le robaran su mercancia por los peligros caminos donde los ladrones acechaban, debia cobijarse de la llúvia que pudiera dañar a su burro de transporte y a la mercancía que llevaba consigo.

Fernando no recordaba que núnca su padre hubiera tenido ningun percance con la mercancia que transportaba de un lado a otro, por ello era tan respetado y querido en el condado.


Ya al atardecer Fernando pudo ver por última vez el cuerpo sin vida de su padre que, al echarle encima tierra mojada sentía unas ganas irremediables de avalanzarse hacia el reclamandole el porqué le habia dejado, que núnca mas escucharia sus consejos...

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